Transporte público

“El DDI del bailarín muerto, junto con el Prozac, es el que escribe mi libro por mí. Son esos 335 miligramos de polvo blanco fabricado en Ickenham, Middlesex, en Inglaterra, y esa cápsula cotidiana de 20 miligramos de Clorhidrato de Fluoxetina los que me devuelven la fuerza para vivir, confiar, para empalmarme, empalmarme por la vida y escribir”.

Hervé Guibert, El Protocolo Compasivo

Su cabello castaño y ondulado junto a su barba incipiente enmarcaban su rostro. Rosa… Ese color que se adquiere tras algunos minutos expuesto al sol. No observé sus ojos, llevaba las gafas puestas, pero tenía esa imagen que yo quería de mi las primeras semanas de la universidad. Se sentó a mi lado y de su bolso tomó un libro negro. Yo reconocía esa portada, tenía una igual en mis manos, abierta en la página 90. Como si se tratase de dos cómplices, nos sonreímos. Diez minutos después me preguntó acerca de lo absolutamente químico que era el libro, como escribió Hervé, gracias al DDI (y a esos vuelcos que nos hace tomar la experiencia sidada). Cada uno en su texto, en páginas distintas, exploraba una experiencia quizá propia, quizá soñada, quizá indeseable. Diez minutos después, al bajar, no resistí. Acaricié su barba y le di un beso en la mejilla. ¿Habrá entendido? Bajé sin voltear. Sin mayor intercambio… De móviles, correos o siquiera nombres.


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